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Leonor

Esto me recuerda un cuento.

Esto me recuerda un cuento. Hace más de cien años fue escrito en España el famoso cuento del Ratoncito Pérez, inspirado en una leyenda popular. Desde entonces, niños de casi todas las latitudes conocen a temprana edad la historia de la Cucarachita Martina y el goloso ratoncito.
Las artes escénicas han aprovechado la simpática historia, y a través de muñecos y actores ha tenido muchísimas versiones.
Una más tenemos por estos días en el Festival de Teatro de pequeño formato, con el acertado nombre Esto me recuerda un cuento.
Según idea del remediano Fidel Galván y la dirección de Margot Alvarez, el grupo santaclareño Dripy lleva a escena un bonito argumento que sin alardes, hace siginificativas alusiones a la necesidad de compañía, a la solidaridad. Sobre todo, hay una proposición muy importante: todas las cosas pueden ser cambiadas, nada es inamovible, ni tan siquiera la vieja historia del ratoncito que ésta vez, no se cayó en la olla.
En verdad recuerda un cuento, pero promueve a su manera el pensamiento divergente en el público infantil; los enseña a ver las cosas desde otros ángulos, a variar las soluciones. Actúan y cantan Anileidis Sánchez y José Olamendi, en sus papeles de gato francés -lejano pariente del Gato con Botas-; el sapo cantante de blues, el cubanísimo gallo y el ratoncito, todos aspirantes a bailar en la Feria con la solitaria Ratica Fita. A ellos los socorre la eficaz ayudantía de Dunia Silverio, quien se destaca en el desempeño de la trama.
Con la comedia musical Esto me recuerda un cuento sube Dripy por tercera vez a las tablas del Guiñol en calidad de competencia. Desde su estreno a mediados del 2005 han recibido elogios por la práctica y colorida escenografía, por el diseño de vestuario y la música, que mantiene muy vivos a los espectadores y reclama del dinamismo de sus actores.
El resultado es trabajo de familias: una enfrascada en luces y sonido, otra en máscaras y atrezzos, la otra en música, diseño y dirección. Se trata de una magnífica y ya aplaudida proposición del Dripy, proyecto que defiende la idea de que el niño no es un vaso que llenar, sino un fuego que al alimentarlo, crece.
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